Hubo un momento, justo al final, en que la pantalla se quedó en silencio. No el silencio incómodo de cuando alguien dice algo inapropiado —ese tiene textura, se puede morder—. Este era otro. Un silencio limpio, casi quirúrgico, como el que aparece después de la última nota de un concierto, cuando la audiencia todavía no sabe si ya puede aplaudir. Duró tres segundos. Quizá cuatro. Veinte rostros en una cuadrícula de Zoom, todos inmóviles, con los micrófonos apagados pero las expresiones encendidas. Y en esos tres o cuatro segundos sentí algo en el pecho —algo físico, como cuando te falta el aire pero no de susto sino de otra cosa— que no había sentido antes: que la pantalla me estaba escuchando. No por cortesía. No porque fuera su trabajo. Porque algo de lo que dije había llegado a un lugar donde las credenciales no importan.
Después vinieron las preguntas, los comentarios. Una mujer con doctorado de una universidad que yo no podría pagar ni visitando la tienda de regalos escribió por el chat que le había dado una perspectiva que no había considerado. Un hombre con más publicaciones que los años que tiene mi carrera académica me pidió las referencias. Alguien usó la palabra «brillante», y yo asentí como si fuera normal —como si eso me pasara cada martes—, mientras por dentro se me desarmaba algo que no sé nombrar. No era tristeza. Era desconcierto. Algo así como entrar a una fiesta y descubrir que todos saben tu nombre y tú no recuerdas haber mandado invitaciones.
Días antes, en otra clase —esta como alumno, no como profesor—, un hombre con veinte años de experiencia en el tema me agradeció. Me agradeció a mí. Por un aporte sobre la recepción de Aristóteles en el protestantismo que cambiaba lo que él había dado por sentado durante décadas. Cuando terminó de hablar me miré las manos y estaban heladas. El pulso, disparado. ¿Por qué el cuerpo hace eso? ¿Por qué convierte en amenaza el elogio de alguien a quien respetas?
¿Cuándo pasó todo esto?
No la clase. La clase la puedo rastrear: una recomendación que alguien hizo sin consultarme, un correo que llegó hace dos meses, una llamada donde me ofrecieron algo que no pedí y que acepté antes de tener tiempo para inventar una excusa. Todo eso es cronología, secuencia, causa y efecto. Lo que no puedo rastrear es el momento en que me convertí en alguien a quien recomiendan. ¿Cuándo pasó eso? Alguien a quien personas con títulos de universidades que yo solo he visto en documentales consideran digno de compartir una pantalla. Tengo una maestría. La mitad de las personas en esas sesiones tenían doctorados. Algunos, más de uno —y pensar que yo a veces todavía siento que estoy colándome en algún lugar donde no me invitaron—. Y, sin embargo, ahí estaba, y lo que salía de mi boca no sonaba a impostura. Sonaba a algo que había estado madurando mucho tiempo sin que yo lo supiera.
Hay una frase de Beauvoir que subrayé hace años, en una de esas noches en que los libros eran lo único que funcionaba como dique —las dos de la mañana, la lámpara encendida, la casa en silencio y yo subrayando como si la vida dependiera de eso—: «Es el deseo el que crea lo deseable, y el proyecto el que establece el fin». No la entendí del todo entonces. O quizá la entendí, pero no sabía que me estaba describiendo a mí mismo. Porque eso es exactamente lo que pasó: no había un plan. No hubo un momento en que decidí «voy a prepararme para dar clases en un instituto lleno de gente más acreditada que yo». Lo que hubo fue una obsesión. Una necesidad de entender que me empujaba a leer hasta que la noche se acabara: filosofía y psicoanálisis y teología y neurociencia y todo lo que cayera en mis manos. Cosas que casi nadie a mi alrededor leía. No para acumular conocimiento, sino porque no hacerlo se sentía como dejar de respirar.
Y resulta que eso era preparación. Resulta que las noches de párrafos subrayados a deshora, con la lámpara como único testigo, no eran solo la forma de un hombre intentando llegar al amanecer. Eran, también, un hombre construyéndose sin saberlo. Una vez leí algo de Ellen Hendriksen que me dejó frío —y cuando digo frío lo digo en serio, se me quedó el cuerpo quieto—: «La confianza se gana haciendo cosas antes de estar listo, mientras todavía tienes miedo». Y pensé en todas las veces que abrí un libro sintiéndome un fraude, convencido de que no tenía derecho a esas páginas. En todas las veces que empecé algo sin saber si podía terminarlo. Pero seguí. Porque lo único peor que sentirte impostor leyendo es quedarte quieto preguntándote qué habría pasado si hubieras abierto el libro.
Cerré el portátil después de la clase. La pantalla se apagó y me devolvió mi propio reflejo —despeinado, con los ojos un poco rojos, la taza de café fría al lado—. La habitación estaba a oscuras. Afuera no se oía nada. Me quedé un momento ahí, con las manos todavía sobre el teclado, sin encender la luz. Y pensé: el hombre que lee de madrugada porque no puede parar y el hombre que acaba de sostener la atención de una pantalla llena de doctores son el mismo. Siempre fueron el mismo. Solo que uno no lo sabía.
Lo que construyes sin darte cuenta
Hay un placer particular —casi físico, como rascarte donde te pica— en hacer que un problema desaparezca. No hablo de evadirlo, ni de rodearlo, ni de aprender a convivir con él como quien aprende a convivir con un vecino ruidoso. Hablo de sentarte frente a algo que no funciona, entender por qué no funciona, y construir algo que lo resuelve. Algo que antes no existía y que ahora existe porque tu cerebro no podía dejar de darle vueltas.
En dos años construí tres programas. El primero reemplazó a un equipo completo de traductores. El segundo hizo innecesario a un departamento de diseño y maquetación. El tercero transformó la forma en que un equipo de editores hace su trabajo. No lo digo como logro —lo digo como fenómeno, como algo que me pasó sin que yo lo planificara—. Y pensar que nadie me los pidió. No había un plan de carrera, ni una estrategia, ni una conversación con un mentor donde alguien me dijera: «Aquí es donde tienes que llegar». Había, simplemente, sistemas rotos. Y una mente que no sabe dejar un sistema roto en paz. Así soy. No sé si es virtud o enfermedad, pero así es.
Hay una idea de Sartre que no me suelta: que no hay realidad más que en la acción, que el hombre no es otra cosa que el conjunto de sus actos. La leí una noche —otra noche de esas, claro, siempre es de noche cuando las cosas importantes me llegan— y la entendí recién meses después, frente a una pantalla, con las manos sobre el teclado, cuando me di cuenta de que lo que había construido decía más sobre quién soy que cualquier cosa que pudiera escribir en un currículum. No fue ambición. Fue algo más parecido al instinto. La misma cabeza que lee filosofía cuando el resto del mundo duerme es la que ve un proceso ineficiente y no puede no intervenirlo. Reconocer patrones, entender cómo funciona algo, hacerlo mejor. Es lo mismo. Siempre es lo mismo.
Construir un programa se parece más a escribir un ensayo de lo que la gente cree. Empiezas con caos. Un montón de variables, de excepciones, de casos que no encajan. Y poco a poco vas encontrando la estructura —el hilo que sostiene todo, la lógica que estaba ahí debajo esperando a que alguien la viera—. Al final tienes algo que no existía antes. Algo que toma un problema y lo hace desaparecer. Y hay una satisfacción en eso que no se parece a nada más. No es la del aplauso ni la del dinero —aunque el dinero llegó, dos ascensos en dos años, el salario más alto del área, ¡cómo cambian las cosas!—. Es algo más callado. Más de adentro. La satisfacción de saber que tu mente puede crear algo que funciona, que resuelve, que se sostiene solo.
Lo curioso es que nadie a mi alrededor lo ve así. Ven los ascensos. Ven los números. Ven a alguien que «le va bien en el trabajo», que «es bueno con la tecnología», que «tiene madera de líder». No ven lo que yo veo: una compulsión. La incapacidad de dejar las cosas como están. La misma inquietud que me lleva al psicoanálisis a medianoche es la que me hace reescribir un flujo de trabajo hasta que funcione sin fricción. No son dos personas. Es la misma. Solo que una se queda despierta leyendo y la otra se sienta frente a un código. Y las dos están haciendo exactamente lo mismo: intentando entender cómo funciona el mundo para poder hacer algo con esa comprensión. A veces pienso que lo que más me gustaría no es que alguien vea lo que construí, sino que alguien entienda por qué no puedo dejar de construir. Que mire eso y no le parezca una enfermedad. Que lo mire y diga: ah, ya. Así eres tú.
No sé si eso es talento o si es un tipo particular de inquietud que todavía no aprendí a apagar. Probablemente las dos cosas. Probablemente sean lo mismo.
El cuerpo sigue
Perdí seis kilos sin proponérmelo. No hubo un momento dramático frente al espejo donde alguien decide que todo va a cambiar —no hubo música de fondo ni monólogo inspirador—. Hubo ajustes pequeños, casi aburridos: comer un poco menos, elegir un poco mejor, dejar de tratar al cuerpo como si fuera un accesorio prescindible de la cabeza. Nada que se pareciera a una revolución. Más bien fue como si el cuerpo hubiera decidido por su cuenta seguir adonde la mente ya estaba yendo.
La misma fuerza que me hizo construir programas y leer filosofía hasta que la pantalla me ardiera en los ojos hizo algo con la forma en que me alimento, con la cantidad de ruido que tolero, con las horas en que me acuesto y las horas en que me levanto. Los seis kilos no son un logro. Son evidencia. Evidencia de que algo cambió adentro y el exterior está empezando, despacio, a alcanzarlo.
A veces me miro y no reconozco del todo lo que veo. No porque sea otra persona, sino porque es la misma sin una capa que ya no necesita. La mandíbula más definida. Las camisas que caen distinto. La forma de pararte cuando ya no cargas peso que no te corresponde —el literal y el otro—. Es un cambio que los demás notan antes que tú, y cuando lo notas, no sientes orgullo. Sientes algo más parecido a la extrañeza. ¿Cuándo pasó esto también? Como todo lo demás: sin aviso.
Lo que todavía no tiene forma
Nada de esto fue un plan. La tentación de reconstruir la historia como un proyecto con fases y objetivos es enorme, y sería mentira. No hubo un momento en que me senté a decidir: ahora voy a enseñar, ahora voy a aprender a programar, ahora voy a cambiar cómo trato a mi cuerpo. Hubo un hombre que no podía dormir y que abría libros porque no sabía qué más hacer con lo que sentía. Hubo un hombre que descubrió que escribir código le producía el mismo efecto que subrayar a Boecio: un orden momentáneo en el caos, una estructura donde antes no había nada. Y hubo un cuerpo que empezó a cambiar porque algo adentro cambió primero. Así de simple. Así de raro.
Todo viene del mismo lugar. Las lecturas, los programas, las clases. La misma compulsión de siempre: entender. Construir algo que tenga sentido cuando todo lo demás se mueve demasiado rápido para sostenerlo. No lo planeé como carrera ni como reinvención. Lo viví como lo único que sabía hacer: agarrar las piezas que tenía y ponerlas en orden hasta que la imagen dejara de ser confusa.
Y un día levanté la cabeza.
No sé cuándo fue exactamente. No hubo epifanía, no hubo amanecer dramático ni frase de película. Fue más silencioso que eso. ¿Cómo explicarlo? Como cuando llevas horas caminando y de pronto te detienes y miras atrás y el punto de partida ya no se ve. No porque desapareció, sino porque la distancia se acumuló sin que te dieras cuenta. El paisaje cambió. No era el mismo de hace un año. Yo tampoco.
Lo que me sorprende —y quizá esto sea lo único que de verdad quiero decir— es que por primera vez en mucho tiempo no sé a dónde va esto. Y está bien. Esa frase solía paralizarme, ¿sabes? «No sé a dónde va esto» antes era lo mismo que «se me viene el mundo encima». La incertidumbre era el enemigo; la pregunta sin respuesta, una herida abierta. Ahora se siente diferente. No como vacío, sino como espacio. Como un terreno que aún no tiene nombre y que por eso todavía puede ser cualquier cosa.
Hay algo que aprendí dando clases a gente que sabe más que yo: que la ignorancia honesta es más útil que la certeza prestada. Que decir «no sé» delante de una pantalla llena de doctores no me hizo menos capaz —me hizo más preciso—. Hay algo que aprendí escribiendo código que reemplaza el trabajo de diez personas: que construir no es lo mismo que destruir, aunque a veces se parezcan, aunque a veces haga falta desarmar todo para que la nueva estructura funcione. Y hay algo que aprendí de los seis kilos que perdí sin proponérmelo: que el cuerpo no miente. Que cuando algo cambia adentro, el exterior tarda, pero sigue. Y que no hace falta una revolución para que el espejo empiece a devolverte a alguien que reconoces.
Cerré el portátil después de la última sesión de la semana y la casa estaba en silencio. Ese silencio particular que tienen las casas de noche cuando todos duermen y tú eres el único que sigue despierto —los platos lavados, la luz del pasillo apagada, el sonido del reloj en la cocina—. Pero por primera vez no porque no puedas dormir, sino porque no quieres que el momento termine. Me quedé sentado en la oscuridad con la pantalla apagada. Y sentí algo que no era exactamente felicidad —la felicidad es un concepto demasiado limpio para lo que era esto—. Era algo más parecido a una certeza en el cuerpo. Como cuando llevas mucho tiempo con una piedra en el zapato y un día te la sacas y caminas y sientes cada paso con una claridad absurda. No es que todo esté resuelto. Es que el suelo, por fin, se siente firme.
No sé qué viene. Pero por primera vez en años, la pregunta no me asusta.
Todavía hay cosas que no he contado.