Mi psicóloga dice que el cuerpo habla cuando la mente se calla. Mi psiquiatra dice que la anorgasmia masculina, en el contexto de depresión y ansiedad, es más frecuente de lo que cualquier hombre admitiría en voz alta. Ambas coinciden en algo que al principio me costó aceptar: las fantasías no son el problema. Las fantasías, en muchos casos, son el camino. La terapeuta lo llama «material psíquico». Yo lo llamo lo único que todavía funciona. Lo único que me recuerda que debajo de la ansiedad y la medicación todavía hay un hombre con deseos, con hambre, con ganas de estar vivo.
Freud escribió que la conducta sexual de una persona es el prototipo de todas sus demás formas de reaccionar ante la vida. Si eso es cierto —y cada día que pasa me convenzo más de que lo es—, entonces lo que me pasa en la cama es un mapa de todo lo que me pasa fuera de ella. Un cuerpo que no responde. Una cabeza que no se apaga. Y entre ambos, un catálogo de imágenes que se repiten con una intensidad que lo real no puede igualar.
¿Qué se sentirá?
Es la pregunta que vuelve de madrugada, cuando la ansiedad afloja lo suficiente para que el deseo ocupe su lugar. No el deseo abstracto, no el concepto. El deseo concreto, con cuerpo, con textura, con olor. El que aparece en imágenes tan nítidas que podrías tocarlas si estiraras la mano. Žižek dice que no queremos realmente lo que creemos querer. Yo no estoy de acuerdo. Yo sí sé lo que quiero. Lo sé con una precisión que asusta.
¿Qué se sentirá bailar reggaetón con alguien que te mira como si no existiera nadie más en la habitación? Sentir su cuerpo pegado al tuyo, el ritmo marcando lo que las palabras no se atreven a decir. Sus caderas contra las tuyas, esa presión caliente que sube y baja con el bajo. Su culo rozando tu verga al compás de algo que suena a las dos de la mañana en una sala oscura. Su pelo rozándote la cara cuando gira la cabeza para mirarte por encima del hombro, con esa media sonrisa que dice todo lo que la boca no va a decir. La tela delgada del vestido que deja sentir todo. El calor de su piel a través de la ropa. No hay conversación. No hay negociación. Solo el lenguaje del cuerpo diciendo lo que quiere, sin filtros, sin vergüenza, sin esa voz interna que siempre está midiendo si lo que sientes está bien o está mal.
¿Qué se sentirá mirarla a los ojos mientras le beso el cuello, sentir cómo su respiración cambia, cómo su cuerpo se afloja contra el mío? Bajar despacio. Tomarme el tiempo que la ansiedad nunca me deja tomarme. Sentir la piel de sus senos con los labios, pasar la lengua lentamente por encima del pezón y notar cómo se endurece, cómo ella cierra los ojos, cómo sus manos buscan mi cabeza para que no me aleje. Sentir sus dedos en mi pelo mientras mi boca le recorre el pecho. Oír ese sonido que no es palabra ni gemido sino algo entre los dos, ese ruido que solo hace un cuerpo cuando está dejando de controlarse. Quedarme ahí. Sin prisa. Sin la presión de llegar a ningún sitio.
¿Qué se sentirá bajar más? Sentir su clítoris con la lengua —lento primero, aprendiendo el ritmo que la hace temblar, el ángulo que le arranca un gemido que no esperaba—. Sentir su sabor. Escuchar su respiración convertirse en algo que ya no controla. Mirarla desde ahí, desde abajo, y ver su rostro perdido en algo que no tiene nombre, en ese lugar donde el pensamiento se apaga y solo queda el cuerpo. Quiero saber qué cara pone cuando se olvida de sí misma. Quiero sentir sus muslos apretándome la cabeza cuando el placer se vuelve demasiado. Quiero que me tire del pelo. Quiero estar ahí abajo el tiempo que haga falta hasta que su cuerpo diga basta, no el mío.
¿Qué se sentirá estar desnudo con alguien y que eso no signifique nada más que estar desnudo? Sin la sombra del rendimiento. Sin el reloj invisible que cuenta los minutos hasta que tu cuerpo decide que no va a cooperar. Sentir piel contra piel con la misma naturalidad con la que respiras. Su espalda contra mi pecho, mis manos en su cintura, su culo encajado contra mí mientras le susurro algo al oído que la haga cerrar los ojos.
Lo que el cuerpo calla
Žižek dice que el cine no te da lo que deseas: te enseña cómo desear. Las fantasías funcionan igual. No son un sustituto de lo real. Son un ensayo, un mapa, una forma de decirle al cuerpo «esto es lo que quiero» cuando el cuerpo ha dejado de escuchar. Lacan decía que no hay relación sexual; lo que hay es un encuentro entre dos fantasías que, con suerte, se rozan lo suficiente para que ambos sientan que están en el mismo sitio. La mía tiene forma, tiene ritmo, tiene detalles que se repiten con una precisión que haría pensar que los vivo cuando en realidad solo los escribo.
La disfunción eyaculatoria que viene con la depresión y los ansiolíticos no es solo frustración. Es un silencio del cuerpo. Puedes desear, puedes excitarte, puedes sentir que todo está ahí, y aun así no llegar. El dolor físico que a veces aparece en el pene después de intentarlo demasiado tiempo es algo que nadie te prepara para vivir. Es tu cuerpo diciéndote que hay un cortocircuito entre lo que sientes y lo que tu sistema nervioso permite expresar. La anorgasmia masculina asociada a inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina —los ISRS, el tipo de antidepresivo que toma medio mundo— es un efecto secundario documentado en hasta el 70 % de los pacientes. Te dan una pastilla para no querer morirte, pero la pastilla te quita la capacidad de sentir placer. La ironía es tan perfecta que parece diseñada por alguien con un sentido del humor muy oscuro.
Mi psicóloga trabaja con algo que en terapia sexual se llama sensate focus, un método desarrollado por Masters y Johnson que consiste en reconectar el cuerpo con el placer sin la presión del orgasmo como meta. Mi psiquiatra revisa la medicación, ajusta dosis, busca el equilibrio entre la serotonina que me mantiene funcional y la dopamina que me permite sentir. Ambas coinciden en algo: las fantasías sexuales, cuando se exploran en un contexto de confianza, no solo son saludables sino terapéuticas. La literatura clínica lo respalda: la realización de fantasías consensuadas mejora la función sexual y reduce la ansiedad asociada al rendimiento.
Dicho de otro modo: lo que imagino no es un escape. Es un diagnóstico. Y cumplirlo, según quienes me tratan, es parte del tratamiento.
Volver a sentir
¿Qué se sentirá terminar? No fingir, no resignarse, no decir «no pasa nada» mientras por dentro algo se rompe un poco más. Terminar de verdad. Con el cuerpo entero, con un orgasmo que no sea una negociación entre la cabeza y la medicación sino algo que te sacude, que te vacía, que te deja con la respiración rota y la certeza de que sigues vivo. Que tu cuerpo todavía puede hacer eso. Que no estás roto del todo.
Sentir que alguien te desea no como un concepto sino con el cuerpo. Que te toque y que su toque no sea compasión disfrazada de contacto sino deseo real, urgente, honesto. Que te mire y no vea un proyecto de reparación sino un hombre al que quiere desnudo. Que me agarre la cara con las dos manos y me bese como si fuera la última vez. Que me diga algo al oído que solo tenga sentido entre nosotros. Que después, cuando todo termine, se quede ahí, con la cabeza en mi pecho, sin sentir la necesidad de llenar el silencio con palabras.
Brizendine encontró que la excitación femenina comienza, irónicamente, con un apagón cerebral: los impulsos solo llegan a los centros de placer si la amígdala —el centro del miedo— se desactiva primero. Quizá con los hombres pasa algo parecido. Quizá el problema no es que mi cuerpo no funcione. Es que mi cabeza no se apaga. Y las fantasías son la única forma que he encontrado de pedirle, por un rato, que se calle.
Escribo esto a las tres de la mañana, que es la hora en que todo lo que callo durante el día sale a buscarme. No pido compasión. No pido que nadie resuelva nada. Solo pongo en palabras lo que se siente vivir en un cuerpo que desea más de lo que puede tener, con una cabeza que imagina más de lo que la vida permite.
¿Qué se sentirá?
Quizá algún día. Quizá con alguien que lea esto y entienda que detrás de cada imagen hay un hombre que quiere volver a sentir. No fantasear. Sentir.