Ensayo ·

La ironía de los precios

Cincuenta y cinco dólares. Doscientos veinte mil pesos colombianos. Dos horas. Y harán lo que pidas. La precisión sorprende. No es ambiguo. Es un menú. Un menú escrito con código educado pero claro, donde lo más íntimo que un cuerpo puede ofrecer tiene tarifa, garantía y ventana de cancelación.

Y, sin embargo, en mi cabeza aparece otra escena. No una más explícita, no una más pornográfica. Una más simple. Y descubro, con esa clase de asombro que solo llega de madrugada, que esa escena no tiene precio. Literalmente. No se puede comprar.

La escena es esta: alguien me concede media hora. No de cama. De pista. Bailar reggaetón, con un cuerpo cerca, con una mirada que decide no esquivar. Treinta y cinco minutos. Sin tocarse de más. Sin pedir nada después. Solo eso: bailar como se baila a las dos de la mañana en una sala que huele a perfume y a sudor.

Y aquí está lo absurdo: por esa media hora estaría dispuesto a pagar trescientos mil pesos. Más, incluso. Y no encuentro a quién. No porque trescientos mil pesos sea poco —¿quién en este país gana eso en treinta y cinco minutos haciendo cualquier cosa, hablemos en serio?—, sino porque el dinero, en este caso, no es lo que falta. Cuatro días y medio de salario mínimo concentrados en lo que dura una canción de Plan B y otra de Ozuna. El cálculo no cierra y ese es exactamente el problema. Si lo planteas como negocio, es indefendible no aceptar. Si lo planteas como cualquier otra cosa, es indefendible aceptar.

El precio del que no vende

Hay una idea de Bataille que me quedó marcada desde la primera vez que la leí: la prohibición no impide el deseo, lo crea. Lo erótico no existe sin el límite. Pero los límites simbólicos no son leyes físicas —son convenciones que sostienen la cabeza, no el cuerpo—. La cosa misma —el ritmo, la cercanía, el aire que cambia entre dos personas que se mueven al compás— no se altera por el origen del dinero que la rodea. Lo que se altera es el relato. Y el relato lo decide siempre quien lo cuenta. La inteligencia de una persona libre —porque libertad es eso, exactamente eso, no otra cosa— consiste en negarse a heredar pasivamente el guion moral que otros escribieron sobre ella. Aceptar treinta y cinco minutos a cambio de algo no convierte a nadie en otra; lo único que la convertiría en otra es creerlo. Y no creerlo es, también, una forma de soberanía.

Lacan dijo algo que me persigue desde que lo leí: el deseo no tiene aritmética. No se compra y no se vende, porque no es mercancía. Lo que el dinero hace —cuando se ofrece sin que nadie lo pida— no es comprar el deseo; es darle marco. Es despejar la objeción social que sin él se interpondría. El billete deja de ser transacción y se vuelve gesto. Una forma cara y absurda de decir: esto importa lo suficiente como para que no quepa confundirlo con un favor, con una insinuación, con una de esas situaciones ambiguas que el mundo no sabe cómo categorizar. Quien acepta no acepta dinero por una canción —el dinero, en último término, da casi igual—. Acepta tener una conversación que la convención no permitía tener limpiamente. Y el deseo, lejos de extinguirse en el gesto, encuentra por primera vez una manera posible de existir.

Por qué entonces no la escort

Y aquí es donde uno cree que la salida es obvia. Si lo erótico no se compra a quien no vende, cómpralo a quien sí. Pero hay tres puertas y las tres están cerradas.

La primera es la confianza. No conoces a nadie que las contrate —o si lo conoces, no te lo va a decir, y tú tampoco preguntarías—. No hay un sistema de reseñas fiable, no hay una cara que te respalde. Detrás de un perfil bien tomado puede haber una estafa, una grabación, una extorsión, un amigo del barrio que te reconoce al salir. La paranoia, en este mercado, no es paranoia: es estadística básica.

La segunda es la prevención obvia: salud, identidad, exposición. No hace falta desarrollarla. Cualquiera con dos dedos de frente la entiende.

La tercera es la que pesa más y la que casi nadie nombra: el asco. No el asco a la mujer —ese sería el cliché barato y además injusto—. El asco a uno mismo formando parte de algo. Saber que esa persona, antes de ti, ha estado con hombres que la trataron como un objeto desechable. Que la insultaron, que quizá la golpearon, que le pidieron cosas que después se le mezclan en las pesadillas. Que su trabajo consiste en simular un deseo inexistente para complacer a un comprador que no la mira. Y que, por mucho que tú llegues con buenas maneras y conversación —cosa de la que también te va a tocar dudar—, eres el cliente número siete del día. Antes que tú hubo seis hombres que probablemente no se parecían en nada a la idea que tienes de ti mismo. Y entrar en esa habitación es aceptar formar fila con ellos.

Sartre lo decía con esa precisión inflexible que tenía para incomodar: la mirada del otro nos constituye. No somos lo que creemos ser; somos lo que el otro nos ve siendo. Entrar en esa habitación es aceptar ser visto, durante una hora, como un cliente más. No un hombre. Un cliente. La etiqueta es lo que duele, no el acto. Y la etiqueta no se negocia a la entrada.

Lo que se compra y lo que no

Entonces ahí está el malentendido. El que ve la oferta y solo lee transacción se queda fuera. El que ve la oferta y lee gesto entra a otro juego. La fantasía simple no está prohibida por una imposibilidad económica —ahí están los billetes, encima de la mesa, tangibles—. Está custodiada por una imposibilidad mental que pertenece a quien la mira, no a la cosa mirada.

Cialdini, que lleva cuarenta años estudiando cómo se mueve el deseo dentro de las decisiones humanas, dijo algo que la mayoría cita mal: el dinero pierde valor simbólico cuando sustituye al gesto. No cuando lo acompaña. Una flor regalada vale más que un ramo comprado, sí. Pero una flor con un billete encima no vale menos que la flor sola si quien la entrega entendió la diferencia. Y la diferencia es esta: el dinero, ofrecido como exceso, no resta. Suma. Es lo que en economía conductual se llama señalización honesta —un costo asumido voluntariamente para demostrar que la cosa pedida importa más de lo que las palabras alcanzan a decir—. Pagar por una canción no es comprar la canción. Es decir, sin rodeos: esto importa lo suficiente como para que valga la pena hacer el ridículo.

Žižek vuelve aquí con una frase que cabe perfectamente: muchas de nuestras restricciones morales son cobardías sublimadas con buena prensa. Negarse por miedo y llamar a ese miedo principio es la forma más eficaz de no preguntarse nunca qué se desea de verdad. No es virtud. Es economía emocional defensiva. Y eso vale para quien pregunta tanto como para quien recibe la pregunta.

La verdad —y esta sí es verdad— es que toda esta conversación es teórica hasta que alguien decide convertirla en otra cosa. La mayoría no lo hará; eso no es queja, es estadística. Pero el valor de formular lo que casi nadie se atreve a formular nunca estuvo en la mayoría: estuvo en la minoría que recoge la pregunta y entiende que recogerla, sola, ya es una forma de respuesta.

Habrá quien lea estas líneas como provocación. Habrá quien las lea como un mapa. Habrá quien las lea, simplemente, como un hombre pensando en voz alta a destiempo. Cualquiera de las tres lecturas dice más sobre quien lee que sobre quien escribe.

Y con eso, por ahora, basta.

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