Filosofía ·

Lo que leo cuando no puedo dormir

A las tres de la mañana, cuando la ansiedad hace su turno de noche y el pecho se cierra como si alguien hubiera decidido que ya respiré suficiente, tengo dos opciones: mirar el techo o abrir un libro. Antes elegía el techo. Ahora elijo el libro. No porque sea más valiente, sino porque descubrí que entre las páginas de un filósofo muerto hay más compañía que en el silencio de una habitación a oscuras. Freud decía que el escritor creativo hace lo mismo que un niño jugando: crea un mundo de fantasía que se toma muy en serio. Yo no soy escritor. Pero leo con esa misma seriedad. Con esa misma desesperación disfrazada de curiosidad.

No recuerdo cuándo empezó la urgencia. No la lectura por placer —esa es otra cosa, más suave, más doméstica—, sino la lectura como necesidad fisiológica. Como quien busca oxígeno. Hay un miedo particular que no sé si tiene nombre: el miedo a no entender. No un tema específico, no un examen. El miedo a pasar por la vida sin haber comprendido nada de lo que importa. A morirme ignorante. A haber estado aquí setenta u ochenta años y no haber entendido por qué.

Boecio, un filósofo romano que escribió su obra maestra mientras esperaba que lo ejecutaran, lo puso con una claridad que me persigue: «En las demás criaturas vivientes, la ignorancia de sí mismos es naturaleza. En el hombre, es vicio». No es que los animales sean más libres por no saber. Es que nosotros somos menos humanos cuando no intentamos. La ignorancia en un pez es biología. En una persona, es una forma de cobardía.

Descubrí La consolación de la filosofía en una de esas madrugadas. Boecio la escribió en una celda, esperando la muerte. Había sido senador, cónsul, uno de los hombres más poderosos de Roma. Y de pronto: la cárcel, la traición, la sentencia. En ese momento, en lugar de rezar o suplicar, imaginó que la Filosofía entraba a su celda en forma de mujer y le hablaba.

Lo que le dice es devastador por lo simple: «No corre peligro real. Solo sufre de un letargo, una enfermedad común en las mentes deprimidas. Ha olvidado quién es realmente, pero se recuperará». Leo esa frase a las cuatro de la mañana y siento que alguien me habla directamente. Que Boecio, desde el siglo VI, me dice: esto que sientes —la niebla, la confusión, la sensación de no saber quién eres— no es un defecto. Es un olvido. Y los olvidos se curan.

El que añade sabiduría, añade dolor

Pero hay un costo. El Eclesiastés lo advirtió hace milenios: «El que añade sabiduría, añade dolor». No es una metáfora. Cada libro que abres te enseña algo que no sabías, pero también te quita algo que creías saber. La certeza se va diluyendo con cada página. Lo que antes era sólido se vuelve pregunta. Y las preguntas, a diferencia de las respuestas, no te dejan dormir.

Žižek lo dice con la brutalidad que lo caracteriza: «Detesto esa clase de libro que te dice cómo vivir, cómo ser feliz. Los filósofos no tienen buenas noticias para ti. El primer deber de la filosofía es hacerte entender en qué mierda estás metido». Nadie que lea filosofía de verdad sale de ahí más tranquilo. Sales más lúcido, que es otra cosa. Y la lucidez, a las tres de la mañana, se parece demasiado al insomnio.

La soledad de leer lo que nadie lee

Hay una soledad particular en leer lo que casi nadie a tu alrededor lee. No es la soledad de no tener gente cerca —esa tiene remedio—. Es la soledad de no tener con quién hablar de lo que acabas de leer. Terminas un párrafo de Lacan a las dos de la mañana y quieres decirle a alguien: «Escucha esto: vamos a la poesía no en busca de sabiduría, sino para desmantelarla». Y no hay nadie. No porque estés solo en la habitación, sino porque el tipo de compañía que necesitas en ese momento no se consigue con facilidad.

Freud decía que adondequiera que iba, un poeta ya había estado antes que él. Es verdad. Pero también es verdad que el poeta caminó solo. Y el filósofo, también. Y el lector de madrugada que subraya frases con los ojos rojos y un café frío sobre la mesa, también.

Frankl escribió que cuando una persona no encuentra un sentido profundo, se distrae con el placer. Veo eso a mi alrededor todos los días. Gente que llena el vacío con series, con redes, con ruido. No los juzgo —yo también lo hice—. Pero desde que empecé a leer en serio, el ruido dejó de funcionar. El placer superficial perdió su anestesia. Y lo que quedó fue esto: un hombre despierto a las tres de la mañana con un libro que le duele y le cura al mismo tiempo.

Leer como trinchera

Boecio lo sabía. Escribió: «Almas que, entre recuerdos nublados, buscan regresar a su bien, pero que, como hombres ebrios, no conocen el camino a casa». A veces siento que leer es exactamente eso: buscar el camino a casa sin saber dónde queda. Sabiendo solo que no es aquí. Que la verdad está en algún lugar entre las páginas y el insomnio, y que si me detengo la pierdo.

Frankl, que sobrevivió a Auschwitz, escribió que quien tiene un porqué puede soportar casi cualquier cómo. Yo tengo demasiados porqués. Tengo tantos que a veces no puedo elegir por cuál empezar. La filosofía, la psicología, la neurociencia, la poesía, el psicoanálisis — cada disciplina me ofrece una puerta y detrás de cada puerta hay otra habitación más grande que la anterior. Estés, en Mujeres que corren con los lobos, describe algo que reconozco: «Las puertas al mundo del yo salvaje son pocas pero preciosas. Si tienes una cicatriz profunda, esa es una puerta. Si tienes una vieja historia, esa es una puerta. Si amas el cielo y el agua tanto que casi no puedes soportarlo, esa es una puerta».

Cada libro es una cicatriz y una puerta al mismo tiempo.

Žižek cuenta que cuando estalló la Primera Guerra Mundial y todo se derrumbó, Lenin se fue a Suiza y se puso a leer a Hegel. No a hacer la revolución. No a planificar. A leer. Leer como trinchera. Leer como el último acto de cordura cuando el mundo se incendia. Cuando leo eso, siento que alguien me entiende a través del tiempo. Porque eso es lo que hago yo a las tres de la mañana cuando la ansiedad no me suelta: leer. No para escapar. Para sobrevivir.

Frankl también lo entendió: «Lo que el hombre necesita no es un estado libre de tensión, sino la lucha por una meta que merezca la pena». Leer filosofía no es relajante. Es lo contrario. Cada página te confronta con algo que preferirías no saber. Pero esa confrontación —ese choque entre lo que creías y lo que ahora ves— es lo más parecido a estar vivo que conozco.

El consuelo

Lacan escribió que siempre dice la verdad, pero no toda, porque es imposible decirla completa: las palabras fallan. Y sin embargo, es a través de esa imposibilidad que la verdad se sostiene. Hay algo profundamente consolador en eso. La verdad no exige ser comprendida del todo. Solo pide que sigas buscándola.

Freud se preguntó una vez: «¿Adónde va un pensamiento cuando se olvida?». No dio respuesta. Pero la pregunta se me quedó clavada como una astilla. Porque a las tres de la mañana, cuando todo lo que estudié y todo lo que leí se mezcla con la ansiedad y el insomnio, a veces siento que los pensamientos que olvido son los que más necesitaba recordar. Y entonces vuelvo a abrir el libro.

Boecio lo entendía: «Contempla la extensión y estabilidad de los cielos, y deja por fin de admirar cosas sin valor». Hay noches en que esa frase es lo único que me sostiene. La idea de que existe algo más grande que mi angustia, más estable que mi ánimo, más duradero que mi insomnio. Que el conocimiento no cura el dolor, pero le da una forma que puedo habitar.

Boecio, antes de morir, escribió algo que es lo más parecido a una respuesta que he encontrado: «Nada es miserable a menos que lo pienses así; y, por otro lado, nada trae felicidad a menos que estés conforme con ello».

No estoy conforme. Probablemente nunca lo esté. Pero sigo leyendo. Porque Žižek tiene razón en algo: «El aburrimiento es el comienzo de todo acto auténtico. Abre el espacio para nuevos compromisos. Sin aburrimiento, no hay creatividad».

Así que aquí estoy. Otra noche más, leyendo cosas que casi nadie a mi alrededor lee, subrayando frases que probablemente olvide mañana, buscando en las palabras de hombres muertos el consuelo que los vivos no saben darme.

Es poco. Pero es lo que tengo. Y a las tres de la mañana, es suficiente.

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